A bordoHaciendo escala

Barcelona, puerto de afinadores de pianos

Esta es una historia de pianos que viajan en barco y de cómo un afinador barcelonés puede llegar a poner ‘a punto’ casi 500 pianos al año…

por Javier Ortega Figueiral

Hace 24 años, Alessandro Barrico publicó un monólogo teatral llamado Novecento que fue estrenado en verano de 1994 en el festival de Asti, en el Piamonte italiano. En la historia, el narrador habla de sus recuerdos a bordo de un transatlántico llamado Virginian y en especial con su relación con alguien ligado al barco: Danny Boodman T.D. Lemon Novecento.

Los dos últimos apellidos de Boodman tienen una historia detrás: nació a bordo del barco en la primera noche de 1900 en plena navegación y fue encontrado, por casualidad, por un tripulante en una caja de limones, con todo el pasaje ya desembarcado en Nueva York y poco antes de emprender el viaje de regreso a Europa. El tripulante, que trabaja en la sección de máquinas, acaba haciéndose cargo de él y por decisión personal ya nunca baja del barco, que pasa a ser su casa y el centro de su vida, dedicada a la música, especialmente al piano, convirtiéndose en virtuoso.

Cuatro años después del estreno del monólogo, el director Giuseppe Tornatore, que se enamoró de la historia desde la primera lectura, estrenó la versión cinematográfica que fue rebautizada en italiano como La leggenda del pianista sull’oceano y en su versión original, pues fue filmada en inglés y francés, se tituló The legend of 1900.Tornatore había ganado el Oscar a la mejor cinta extranjera con 32 años gracias su segundo trabajo, la legendaria Cinema Paradiso y para esta película centrada en el mar y a un misterioso músico que nunca habia bajado de un elegante barco de pasajeros pudo contar con actores como Tim Roth, Pruitt Taylor Vince, Bill Nunn o Clarence Williams III.

El cuarto actor interpreta a Jelly Roll Morton, un compositor de jazz y pianista que existió en la realidad y que se autoconsideraba el mejor del mundo en el teclado. Sabiendo de la existencia de Danny Boodman, del que quienes habían viajado en el Virginian decían que era aun mejor que el, y sabiendo también que nunca ha querido bajar del transatlántico, decide embarcarse en una travesía para retarle. En una larga e intensa escena, ambos músicos, interpretados por Roth y Williams hacen un ‘in crescendo’ que acaba con la victoria del pianista residente que toca con tal intensidad que acaba encendiendo un cigarrillo con las cuerdas del instrumento por el calor que han acumulado.

El Virginian existió, aunque para reproducir el barco tanto en su aspecto exterior como interior, Tornatore contrató a Bruno Cesari, que también habia ganado un oscar por la escenografía de El Último Emperador. Cesari se inspiró en dos buques gemelos: el RMS Lusitania y RMS Mauretania, de la naviera británica Cunard, que es la actual propietaria de los buques de crucero Queen Mary 2, Queen Elizabeth y Queen Victoria, que este 2018, entre los tres, sumarán ocho escalas en Barcelona.

Así, bajo las cúpulas de cristal del Virginian, que en realidad eran las del Lusitania (aunque realmente eran unos decorados instalados en Odessa, Ucrania) Roth toca en el piano algunas piezas compuestas por Ennio Morricone, en colaboración con el jazzista Amedeo Tommasi, que hace un cameo en la película al estilo de lo que hacía Alfred Hitchcock en sus trabajos: aparecer casualmente durante unos segundos del metraje.

Tommasi toca una de sus composiciones mientras afina el piano de cola del gran salón central del barco… y es aquí, lector, lectora, donde entra Barcelona en la ecuación. Y es que hay una historia poco conocida sobre la que, por lo menos de momento, no se ha hecho una película y es la relación de los pianos que navegan con este puerto. Si es difícil pensar en una vida sin música, también lo es pensar en un barco sin músicos e instrumentos. Piezas de todo tipo acompañan diferentes momentos del día a bordo: los embarques, algunas cenas, el entretenimiento en un teatro, o un concierto concreto a bordo. Hay pianos sobre los escenarios, pianos que están escondidos en algunas zonas tranquilas de los barcos y otros que presiden la entrada. Hay pianos que son el centro de un bar y la atracción máxima de algunas noches y otros que acompañan el paso de los cruceristas mientras se desplazan de una zona a otra del buque.

Los pianos, vistos por quienes no los tocan, parecen instrumentos firmes, aunque no lo son: tienen 88 teclas que percuten 224 cuerdas metálicas mediante unos macillos forrados de fieltro que acaban produciendo el sonido. Para que todo ello suene bien y no sea un castigo, además de un músico con conocimiento de causa, es necesario que el instrumento esté en las mejores condiciones. El uso, el paso del tiempo y la complicación del sistema hace que cada cierto tiempo se pierdan las características o virtudes del piano y estas se han de recuperar mediante un especialista, el afinador de pianos, como el que interpreta Tommasi en La leyenda del pianista del océano.

La mayor parte de compañías de cruceros tienen (muy) en cuenta las escalas de sus barcos en Barcelona para programar la visita de los afinadores, convirtiendo el puerto en un referente de algo que pocas personas tienen en mente salvo cuando sucede: que los pianos de a bordo no desafinen. Y es que si en circunstancias convencionales un piano que está en tierra necesita un mantenimiento regular, un instrumento embarcado tiene aún más necesidades y más recurrentes: los cambios de temperatura, el eventual movimiento del buque, las vibraciones durante las maniobras (cada vez menos perceptibles en los buques modernos, pero siguen existiendo) la humedad o sequedad del ambiente afectan más a esas 224 cuerdas, al teclado y a los macillos del piano.

Acostumbrados a trabajar en un segundo plano, generalmente cuando los salones y teatros están vacíos, los afinadores son personas muy discretas y poco amantes de lucir su trabajo en público, pues quien tiene que dar la nota final es el músico en una actuación. Hemos podido saber que en Barcelona trabajan para compañías de cruceros unos cinco afinadores, tanto autónomos como relacionados con negocios musicales de la ciudad como Casa Luthier o Parts Piano. Luis Luizz es uno de ellos y con gran timidez nos cuenta que en una escala se pueden llegar a afinar hasta cuatro o cinco pianos diferentes, que son los que suele llevar un buque grande. “En los barcos suceden cosas que no ocurren en las salas de conciertos y, por ejemplo hay algunos pianos que están en zonas de bares en los que la gente se acerca mucho al músico para oírles tocar, de ahí ese nombre de ‘piano bar'” comenta Luizz “en esos a veces sucede que acaba cayendo una copa, por descuido, sobre el teclado y acaba afectando a su sonoridad y se adelanta la necesidad de ajustarlo, como en cualquier otro instrumento de precisión”.

“Lo ideal para la puesta a punto de un piano es que esta operación se realice con cierta regularidad, al menos una vez al año, aunque lo ideal es cada seis meses”, apuntan desde Parts Piano, aunque las características ambientales de un buque de cruceros y el uso prácticamente diario de los pianos a bordo pueden reducir estos periodos. “Las marcas, como los tipos de buque en los que trabajamos, son diferentes. He visto todo tipo de instrumentos a bordo e incluso los materiales con los que está hecha la caja difieren…aunque acaban sonando bien” apunta Luis Luizz, “si hay una marca que destaca en este sector sería Yamaha. Casi todos los barcos acaban teniendo uno a bordo. En todo caso, sean de la marca que sean, embarcamos unas horas aprovechando la presencia del barco en la ciudad para ponerlos a punto”.

Sirva como dato añadido éste: un afinador como Luis, y a él se suman al menos una decena más, puede llegar a afinar entre 15 o 30 pianos ‘viajeros’ al mes… echen la cuenta; podríamos estar hablando de 500 pianos al año que encuentran en las manos de cada afinador barcelonés a su mejor amigo o doctor… Barcelona; consigue que la música siga sonando entre las olas del mediterráneo, sin perder ni un solo compás. ¿Por qué pasa esto? probablemente por la larga tradición musical de la ciudad condal; no en vano tenemos un Teatro de Ópera conocido mundialmente, un Palau de la Música que es una de las salas más apreciadas del mundo e infinidad de espacios donde disfrutar de la música de piano: desde la clásica de Mozart al jazz de Duke Ellington o de Mahler a Carles Santos. Por cierto; el último, compositor e interprete, era toda una mina para los afinadores por su apasionado estilo de ejecutar sus piezas.

Por eso, durante una escala en Barcelona, es habitual ver subir un bajar por la pasarela a unos personajes singulares: profesionales de la música que llevan un maletín con instrumentos de precisión. Son los y las encargados de que la música a bordo suene tan bien como suena la idea de viajar en un crucero para unas vacaciones.

Hay muchas cosas positivas que los cruceros aportan a Barcelona. Entre ellas hay una que es de ida y vuelta: tras la escala, los barcos zarpan afinados hacia un nuevo destino.

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