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Escribà, una pastelería histórica en el corazón de La Rambla

Christian Escribà afirma que el turismo de cruceros “es un turismo de calidad” que beneficia al tejido comercial de la ciudad

por Redacción

La Rambla es un paseo único en el mundo que conecta a Barcelona con el mar y con su puerto.  En este boulevard cosmopolita y multicultural se encuentra uno de esos establecimientos singulares que hacen de la ciudad una experiencia única tanto por su ambiente modernista como por la calidad de sus productos: la pastelería Escribà, hermana de la sede central en la Gran Via que como muchos barceloneses saben viene ofreciendo sus creaciones, generación tras generación, desde 1906. Su propietario, Christian Escribà, habla del turismo de cruceros definiéndolo sin dudarlo como “turismo de calidad”, según explica en una entrevista con Escala Barcelona.

Maestro pastelero, miembro de la Academie Culinaire de France y director de las Pastelerías Escribà, Christian pertenece a la cuarta generación de la saga de pasteleros surgida en 1906 con la fundación de la Panadería Serra, y es hijo del reconocido maestro chocolatero Antoni Escribà Serra (1930-2004), quien en 1955 viajó a París para trabajar como aprendiz del pastelero Étienne Tholoniat, con cuya hija Jocelyne se casaría más tarde.

“Nosotros tenemos tres tiendas, pero esta se encuentra en el paseo más bonito, en uno de estos lugares mágicos que hay en ciudades como Barcelona”

Christian Escribà

 “Barcelona, si algo tiene como potencial, es el turismo y el turismo beneficia a los comercios”, señala Escribà, sentado en uno de los taburetes de su acogedor local de La Rambla. “Nosotros tenemos tres tiendas, pero esta se encuentra en el paseo más bonito, en uno de estos lugares mágicos que hay en ciudades como Barcelona”. “Vale la pena pasear por aquí, comerte un postre y al final te estás comiendo el sabor de Barcelona”, afirma con su eterna sonrisa de niño que esconde detrás de unas características gafas.

“Los comercios dan identidad a las ciudades”

“Los comercios dan identidad a las ciudades porque todos nosotros, como viajeros, valoramos la diferencia y la idiosincrasia de los lugares”, afirma el pastelero, que junto a su mujer, la reputada maestra chocolatera Patricia Schmidt, han apostado siempre por la emoción y que ha exportado sus ideas a lugares tan lejanos como Singapur, pero siempre sin perder su arraigo local. “Para durar tantos años no solo tienes que hacer buena pastelería y repartir felicidad, también tienes que tratar bien a la gente”, apunta.

En 1986 la familia Escribà convierte esta tienda de colonias en su sede de La Rambla

En 1986, Antoni Escribà, figura ilustre de la pastelería y padre de Cristian, compró el establecimiento de La Rambla, que había albergado un antiguo comercio de pastas alimenticias y sémola, propiedad de la familia Figueras, quienes habían iniciado su aventura en 1820. El aspecto actual de la Casa Figueras mantiene, en buena medida, la apariencia que le dio el escenógrafo Ros i Güell al reformarla en 1902. Ros empleó artesanos modernistas que trabajaron en la creación de una pequeña joya con vidrieras, trabajo de forja, pinturas y ornamentos escultóricos, incluidos mosaicos del italiano Rafagilano.

Actualmente, en la antigua Casa Figueras se cumplen los deseos más dulces de barceloneses y visitantes. Se pueden comprar, encargar o degustar todo tipo de pasteles, monas, pastas, bombones, cake pops, cupcakes y galletas, entre muchas otras delicias. Los cruceristas, además, pueden llevarse convenientemente empaquetado una muestra de la mejor tradición pastelera de la ciudad.

Escribà recuerda que Las Ramblas están ligadas directamente con el mar y por eso es normal que los cruceristas exploren este camino para conocer la ciudad. El pastelero recuerda el importante número de cruceristas estadounidenses, una nacionalidad que destaca “porque les gusta gastar y disfrutan haciéndolo”. Christian, que es un hombre polifacético y que apuesta por la pastelería-espectáculo, subraya que, gracias a los visitantes, “Barcelona ha hecho en los últimos diez años un gran salto gastronómico”. “Hoy en Barcelona se puede comer cocina casi de cualquier país y con una calidad muy alta”, asegura.

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